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sábado, 9 de abril de 2016

Censura en la literatura infantil: ¿somos todos culpables? Perry Nodelman se lo pregunta en el editorial "Tres grados de censura"

Entre los muchos artículos interesantes que el escritor, crítico y profesor de literatura infantil Perry Nodelman está subiendo (con libre acceso) a su página de Academia.edu, este editorial cortito escrito en 1983 para el Children's Literature Association Quarterly, 8,1, me ha gustado especialmente. 

En él Nodelman se pregunta si no seremos todos culpables de censura en lo que a literatura infantil respecta, distingue tres grados del crimen de la censura y sugiere que la censura en tercer grado, la que cometen los rectos odiadores de la censura para evitarse problemas con los detestables censores en primer grado, es la más insidiosa de todas. 

Aquí lo tenéis en una traducción (mía) un tanto apresurada pero aceptable. 




Children’s Literature Association Quarterly 8, 1 (Spring 1983) 2. 
Autor: Perry Nodelman

Al escuchar con horror las horrorosas historias de quema de libros relatadas por los participantes de una de esas mesas redondas sobre censura que últimamente se han vuelto obligatorias en congresos sobre literatura infantil, de repente advertí cuánto estaba disfrutando de mi indignación. Para la mayoría de las personas a las que nos importa la literatura, la censura es directamente contraria a nuestros principios. Es fácil de odiar. Cuando nos topamos con ella, actuamos más como verdaderos creyentes luchando contra una panda de heréticos deplorablemente errados que como las personas razonables, humanas que consideramos que somos. Pero estando ahí sentado, sintiéndome, con todas las demás personas en la sala, superior a aquellos quemadores de libros descerebrados de los que nos hablaban, empecé a pensar si no seríamos nosotros mismos, de alguna forma no del todo evidente, también culpables. Como posibles pruebas a favor de esta hipótesis, ofrezco a continuación algunas viñetas recientes de mi vida como profesor de literatura infantil, algunas de las cuales son y algunas de las cuales podrían ser, casos de censura.

Caso número 1: Un episodio merecedor del típico sentimiento de auténtica indignación. Un presentador de telediario me invita a comentar sobre una decisión del consejo de una escuela de retirar una serie de libros de sus bibliotecas (libros que los miembros del consejo no han leído ellos mismos pero que uno o dos padres preocupados han proclamado inaceptables). Uno de los libros es sobre un niño que toma drogas y muere, lo cual evidentemente animará a los jóvenes de mente débil a drogarse y morirse también ellos. Incluso peor, el otro es un libro sobre judíos haciendo cosas típicamente judías, y por lo visto animará a esos mismos jóvenes de mentes débiles a ir por ahí con gorritos ridículos, babeando ante cada escaparate de encurtidos picantes que se encuentren. Le digo al entrevistador que cualquiera que crea que a los jóvenes se les convence tan fácilmente nunca se ha propuesto convencer a un niño que pruebe el colinabo.

Mi veredicto: los miembros del consejo del colegio son culpables de censura en primer grado: culpables de creer estúpidamente que los niños que únicamente conocen cosas aceptables actuarán siempre de forma aceptable; culpables de creer arrogantemente que la bondad de los jóvenes es, a diferencia de la suya, demasiado débil para sobrevivir al conocimiento del mal; culpable de creer impíamente, en su esfuerzo por hacer que todos los niños se ajusten a sus propios estrechos valores, que los únicos otros con los que uno debe hacer el bien son aquellos otros que son como uno mismo. Pero yo también soy culpable de censura en primer grado; desde luego que me gustaría que esos miembros zoquetes del consejo de la escuela se abstuvieran de hacer declaraciones ignorantes sobre mi asignatura y se dedicasen a otros menesteres.

Casos 2, 3 y 4: En el Caso número 2, mis estudiantes rechazan un antiguo poema para niños por su evidentemente excesivo tono moralizante sobre el deber hacía los padres; pero dos minutos más tarde, están todos de acuerdo en que los niños podrían conectar con un poema que anima de forma un tanto excesiva a ser imaginativo y a tener una autoimagen positiva. En el Caso número 3, un estudiante me entrega un ensayo en el que me dice que los niños no podrían conectar con un poema que menciona Scotland Yard porque, a no ser que vivan en Escocia, no sabrán lo que es Scotland Yard; ella no ha ido a Escocia pero le gusta mucho el poema. En el Caso número 4, mis estudiantes me dicen que los niños podrían conectar con un cuento en el que un niño carda lana y que les enseñaría información útil sobre cómo cardar lana. Pero otra historia, una historia folclórica africana sobre un hombre muerto de hambre que consigue comida de una calavera parlante no es algo con lo que puedan conectar los niños porque los niños nunca han visto una calavera parlante, no están muertos de hambre y, lo peor de todo, les perturbaría el hecho de que un hombre muera por no seguir el buen consejo que le da la calavera, sin siquiera una mísera segunda oportunidad.

Mi veredicto en los tres casos: mis estudiantes son culpables de censura en segundo grado, que es censura en primer grado disfrazada de cliché pedagógico sobre la infancia: culpables de asumir que los niños pueden conectar únicamente con lo que ya conocen; culpables de estar de acuerdo con los censores en primero grado en que los niños son todos frágiles y fácilmente desviables del buen camino, con la diferencia de que la bondad para los censores en segundo grado no es la salud espiritual sino el equilibro mental y la normalidad social; culpables, además, como personas educadas exclusivamente a base de cosas con las que sus profesores pensaban que podrían conectar, de una profunda ignorancia sobre el mundo en el que viven (porque viven en una ciudad en la que pocas personas cardan lana y en la que muchas personas están muertas de hambre; y, como descubrí con horror, casi ninguno sabe dónde está Scotland Yard); culpables, sobre todo, de aceptar irracionalmente los supuestos irracionales sobre el crecimiento humano y el desarrollo y las conexiones en la infancia que son el opio de las masas pedagógicas del momento, sin siquiera pensar sobre ellos. Y supongo que yo también soy culpable. Culpable, dicen mis estudiantes, de pensar que mis opiniones son mejores que sus opiniones simplemente porque he pensado sobre ellas; de asumir que sé más que el establishment pedagógico que critico; y de censurar el derecho de mis estudiantes a pensar pensamientos estúpidos y a regirse por ideas irreflexivas. Sí, soy culpable de todo esto y estoy orgulloso de ello.

Caso número 6: A mis estudiantes les encanta el libro de John Neufeld “Freddy's Book” (que contiene una palabrota muy palabrota, pero sin embargo enseña a los niños sobre cosas con las que pueden conectar). Pero cuando pregunto a la clase si tienen intención de usar el libro más adelante en sus vidas profesionales como profesores y bibliotecarios, me dicen que desde luego que no lo comprarían para sus bibliotecas o aulas, ni se lo recomendarían a niños. Es bueno, es bueno para niños; pero algún padre entrometido y estúpido que cree en la censura, esa cosa tan horripilante, lo descubriría y montaría un pollo, y entonces ellos probablemente perderían su empleo simplemente por saber lo que realmente era bueno para los niños; no, es probable que acabaran permitiendo que los niños en sus escuelas y bibliotecas leyeran únicamente esas cosas moralistas y anticuadas que los estúpidos padres aprobarían sin rechistar. Bien, pues hago una pequeña investigación y descubro que no encuentro ni rastro de un solo ejemplar de “Freddy’s Book” en las estanterías de ninguna escuela o biblioteca pública en toda la provincia de Manitoba.


Mi veredicto: Mis estudiantes (y muchos profesores y bibliotecarios) son culpables de censura en tercer grado: censura cometida por personas que temen a los censores en primer grado, y por tanto se encargan ellos mismos de censurar para evitar el problema; culpables de privar a los niños de libros que ellos piensan que los niños deben tener porque piensan que otras personas menos sabias querrán privar a los niños de esos libros. La censura en tercer grado sigue siendo censura, porque tiene el mismo efecto: priva a los niños de libros.  De la censura en tercer grado, me considero inocente, inocente pero sin haber sido puesto a prueba. Como le dije una vez al padre de un estudiante que me llamó para quejarse de la novela que estaba obligando a leer a su niño de veinte años, no doy clase a niños. Si esa persona de veinte años era un niño, entonces es evidente que no debería de haber estado inscrito en un curso universitario de literatura inglesa. ¿Pero y si diera clase a niños? ¿Me sería tan fácil actuar según mis convicciones? ¿Insistiría en que mis estudiantes tuvieran acceso a toda la enorme variedad de literatura a la que creo que los niños deberían tener acceso? He de admitir que sencillamente no lo sé. Pero sí sé que la censura en tercer grado es la censura más insidiosa: censura perpetrada por personas que odian apasionadamente la censura. Trataré de recordarlo la próxima vez que vaya a un congreso y disfrute indignándome con historias de quema de libros.
Perry Nodelman
Children’s Literature Association Quarterly 8, 1 (Spring 1983) 2. 

   

8 comentarios:

  1. Disfruto mucho tu blog. Gracias por tan buen material que es posible encontrar aquí. Saludos

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  2. Qué interesante! Muchas gracias por la traducción :-)

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  3. Me interesó mucho este texto. Gracias por compartirlo. Escribo desde Cordoba, Argentina.

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  4. Thanks for translating this--it's pleasing to know that words I wrote so long ago might still be interest.

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    1. Thank you for uploading all these papers! I'm really enjoying reading them.

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  5. Es genial este artículo! Gracias por compartirlo. Sigue vigente, tantos años después... que lamentable.

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  6. Buenas, estoy empezando a descubrir tu blog y me encantan las reseñas que haces. Este artículo me ha dado que pensar, he estado buscando libros del autor en castellano pero no he encontrado ninguno. ¿Sabrías dónde puedo encontrar material traducido?
    Muchas gracias!

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