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miércoles, 10 de julio de 2019

CONFERENCIA: Literatura que se pierde por el camino: ¿Qué espacio hay para la literatura en la literatura infantil?

Cualquier buen proyecto de libro infantil tiene que abrirse camino con un machete para salir adelante. Se va topando con tantos obstáculos que es un milagro que algunos salgan adelante sin perder su interés literario por el camino.

En esta charla en el marco de INÉDITAS, III Encuentros en torno al libro celebrado en Segovia, yo (Ellen Duthie) y Raquel Martínez (una de mis socias en Wonder Ponder) tratamos de ir desgranando algunos de esos obstáculos a lo largo del viaje desde la idea en la mente de unos autores hasta las manos de las lectoras y lectores.

Elegimos un libro reciente, El lobo, el pato y el ratón, de Mac Barnett y Jon Klassen (publicado en España por Editorial Juventud) que ha sobrevivido gloriosamente a esas duras pruebas y que nos sirvió de ejemplo para vertebrar la charla. Seguro que se nos quedaron muchas cosas por el camino, pero nos parecía una manera interesante de pensar en la literatura infantil que nos llega. 

"¿Hay espacio para la literatura en la literatura infantil? La respuesta es sí, pero hay que pelearlo, y la pelea nos implica a todas las partes. Así que, ¡a las barricadas!". 

Hacer clic para ver la charla completa: 




En la misma edición de INÉDITAS, también dimos otra charla titulada ¿Filosofía? ¿Visual? ¿Para niños? que se puede ver aquí

miércoles, 3 de julio de 2019

El juego de traducir a Sendak

[Este artículo se publicó por primera vez en el número 36 de La Cometa, 
la revista en español de la Society of Children's Books Writers and Illustrators (SCBWI) 


Sé que me gusta mucho, mucho un libro cuando de repente me sorprendo traduciéndolo por placer. El proceso de traducción me ayuda a intimar con el libro de una forma que ninguna otra lectura me permite. Me acerco a cada palabra, escucho bien cada sonido y cada silencio, me detengo en cada matiz, doy vueltas y vueltas a cada posible intención, y juego y rejuego con cada posible interpretación. Luego me alejo y veo el conjunto.  
Miro la versión original y miro la versión traducida, las leo en voz alta una y otra vez. ¿Tienen la misma tensión? ¿Duran lo mismo? ¿Pesan lo mismo? Si tuvieran volumen, ¿se sentirían igual al sostenerlas entre las manos?  
Este proceso tiene mucho más que ver con mi interés por comprender el texto y acercarme a él todo lo posible que con el deseo de producir una traducción.  
Traducir a una gran figura como Maurice Sendak supone una gran responsabilidad, que puede sentirse como presión. Esta presión se intensifica cuando leemos que el autor reescribió el texto más de cien veces y se refiere al libro como una frase musical que apenas se mantiene unida –si falla una nota, todo se cae-. ¡Ahí es nada! 
Por eso tuve mucha suerte de que en el caso de Al otro lado (Kalandraka, 2015), [...] mucho antes de plantearme la traducción para su publicación, me ocurriera justamente lo que describo en el primer párrafo. Mi primer acercamiento a la traducción de Outside Over There (el título original del libro) fue un ejercicio espontáneo, lleno de juego y libre de presión.  
El texto original en inglés de Outside Over Therechoca la primera vez que uno se lo encuentra: no resulta fácil encontrarle el ritmo y la cadencia. Parece a veces detenerse donde debe seguir y seguir donde debe detenerse, jugando constantemente con lo que espera el oído (si te esperas una rima, no llegará donde tú piensas que debe ir, sino cuando menos te lo esperas, un poquito después, un poquito antes, o quizás nunca). Sin embargo, con cada lectura y a medida que uno se va acercando al texto e interiorizándolo, resulta especialmente bello, hipnótico y poéticamente logrado justo en esas partes que frustraban, extrañaban y chocaban la primera vez.  
Reconocer y abrazar esta extrañeza del texto fue la primera y principal decisión de traducción que había que tomar. Sin la libertad que me dio el ejercicio inicial de jugar sin estar pensando en su publicación, pude hacer y deshacer sin temor y sin sucumbir a la posible tentación de plantear una traducción con una rima más cerrada y un ritmo más claro 
La suavidad, la elasticidad y la fluidez del texto posibilita toda la ambigüedad que contiene y la ambivalencia de las emociones que nos genera Al otro lado, un libro que completa lo que Sendak consideró una trilogía, junto a Donde viven los monstruos La cocina de noche, sobre “cómo controlan los niños diversos sentimientos (el peligro, el aburrimiento, el miedo, la frustración, los celos) y logran entender las realidades de sus vidas” 
Este juego libre inicial me permitió intuir mejor los mecanismos de construcción de esa frase musical que apenas se mantiene unida de la que hablaba Sendak para centrarme en intentar reproducir el texto como una unidad indivisible, donde la música hace de gramática y donde el gran truco para atrapar al lector con una buena historia se ve reforzado por el truco (interesante desde el punto de vista del lenguaje y por tanto de la traducción) de estirar las frases como chicle para que el lector permanezca hipnotizado hasta la última página. Esto es una seña de identidad de los tres álbumes que conforman la trilogía. Id corriendo a leer los tres en voz alta. Veréis a qué me refiero –y juzgaréis si lo hemos conseguido-.  
Ellen Duthie
Julio 2015

Para perezosos, aquí las tres primeras frases chiclosas en cuestión: 

Dónde viven los monstruos 
La noche que Max se puso su traje de lobo y comenzó a hacer una travesura tras otra, su mamá le dijo "Eres un monstruo" y Max le contestó "¡Te voy a comer!" y le mandaron a la cama sin cenar. (Traducción: Agustín Gervás)
La cocina de noche 
¿Os ha contado alguien la historia de Miguel que oye de noche un ruido detrás de la pared y da un grito, '¡Silencio! ¡Callarse de una vez!’ y se hunde entre las sombras y su ropa se pierde y la luna le mira mientras sus padres duermen y aterriza en la masa que había en la cocina? (Traducción: Miguel Azaola)
Al otro lado
Cuando Papá estaba en el mar y Mamá bajo la pérgola, Aida tocaba su cuerno mágico para arrullar al bebé, pero no miraba nunca. (Traducción: Ellen Duthie). 

Lee más sobre Sendak en este blog.  

miércoles, 8 de mayo de 2019

¿Hace siete años ya que falleció Sendak? En Lo leemos así, seguimos celebrando su obra.

Se cumplen ya siete años de la muerte de Maurice Sendak y hoy recuperamos todas las entradas de este blog dedicadas a uno de nuestros autores favoritos.

Fotografía de Mariana Cook, tomada 
de este artículo en el New Yorker
Hay un poco de todo. Una entrevista que me hicieron sobre Sendak en El Cuentahilos, de Radio M21. Hay reseñas (de Donde viven los monstruos, de La Mini-biblioteca, de La cocina de noche, de Al otro lado, de El letrero secreto de Rosie) hay ponencias (Al otro lado de la ventana, Las ventanas de Sendak), artículos (notas sobre el ensayo de Sendak The Shape of Music , una recreación de cómo sería la biblioteca de Sendak de niño), una nota sobre la experiencia de traducir a Sendak, la traducción de un vídeo donde un joven Sendak nos habla de sus influencias desde su mini apartamento de Nueva York, un vistazo al origen de Donde viven los monstruos -Donde viven los caballos salvajes-, alguna que otra curiosidad sobre el proceso de edición de Donde viven los monstruos, y claro, un obituario.




Entrevista en El Cuentahílos: 



La Mini-biblioteca (reseña)

La cocina de noche (reseña)


Al otro lado (reseña)










 Traducción de un vídeo donde un joven Sendak nos habla de sus influencias desde su mini apartamento de Nueva York (vídeo)


Vistazo al origen de Donde viven los monstruos -Donde viven los caballos salvajes- (artículo)


Alguna que otra curiosidad sobre el proceso de edición de Donde viven los monstruos (articulito)


Un obituario (artículo)  



martes, 19 de febrero de 2019

Las visitas de Nani: Una carta de amor a una abuela y a una cultura

Las visitas de Nani
Karishma Chugani Nankani
Ekaré, 2018

En noviembre de 2018 la editorial Ekaré presentó en la librería Panta Rhei de Madrid el primer libro de Karishma Chugani Nankani con Ekaré: Las visitas de Nani. (Este jueves 21 de febrero se inaugura una exposición en torno al libro en la misma librería). 

Karishma nos había pedido a mí (Ellen Duthie) y a Raquel Martínez que presentáramos y aceptamos encantadas por varios motivos (algunos de los cuales también nos servirán de "declaración de conflicto de intereses"): 

1. Karishma es una amiga muy querida. 

2. Karishma es una de las creadoras con las que nos reunimos periódicamente desde hace unos años yo, Raquel, Daniela Martagón (Wonder Ponder), Josune Urrutia y María Pascual para compartir nuestro trabajo y darnos feedback y consejos (y tomar algún vino, no lo vamos a negar). 

3. Las visitas de Nani es un libro fantástico...

4. ... al que hemos visto nacer, crecer y desarrollarse. 

5. Ekaré es una de nuestras editoriales de referencia: realmente hacen un trabajo de edición, cuidan su fondo, y, tras cuarenta años, se les siente no solo consolidados, sino frescos y con energía contagiosa y generosa. 


En resumen: ¡un honor!

Ellen Duthie


Es un gusto enorme y un honor presentar este libro de Karishma, que tanto Raquel como yo, como muchas de las personas que estamos aquí hoy, hemos visto crecer desde su primera semilla allá por 2012 hasta su forma actual: un libro deliciosa y cariñosamente editado que da gusto leer, tocar y mirar.

No se sabía en 2012, con ese ejercicio de hacer una receta ilustrada con la que empezó todo, no se sabía exactamente en qué se iba a convertir. Se sabía que iba a ser la historia de Nani, de la abuela de Karishma. Pero todo lo demás estaba bastante en el aire. Qué contar, qué no contar, cómo contarlo, en qué centrarse, cómo organizar la información, cómo emprender la investigación; cómo darse permiso, como dice Karishma, para contar una historia con protagonistas vivos susceptibles de incomodarse, por ejemplo.

Cómo darse permiso, también, imagino, para contar una historia Sindhi, cuando Karishma era ya muchas otras cosas también aparte de Sindhi.

Y 6 años más tarde, ¿qué tenemos? 

Tenemos un libro de investigación. 

Un episodio de historia del siglo XX. 

Una biografía de una abuela. 

Un ensayo de cómo mirar a una abuela. A cualquiera, a la tuya, a la mía también. 

Un relato autobiográfico en búsqueda de una mayor comprensión de una identidad propia. 

Un libro de recetas.

Una carta de amor a una abuela y a una cultura. 

Un libro de mitología hinduista.

Un libro de yoga. 


Un libro que explora las fronteras entre la ficción y la no ficción y que abraza la necesidad de la ficción en la no ficción pero al mismo tiempo aplica el rigor de la investigación de una no ficción seriamente construida. 

A mí una de las cosas que más interesante me parece de este libro es el punto de vista. 

Desde el título se nos sitúa en ese punto de vista narrativo. Es un libro sobre Nani, pero es un libro contado desde el punto de vista de otra persona, a la que visita. Y el libro también nos cuenta mucho sobre esa otra persona, la primera, que nos lo cuenta y que nos presta sus ojos, sus oídos y sus recuerdos. 

Es una reconstrucción a partir de la evidencia de que en ningún momento pretende ser la reconstrucción de los hechos, sino muy marcadamente una reconstrucción de una mujer, de una presencia, por parte de otra mujer: su nieta, Karishma. Pero el enfoque de esa reconstrucción particular es riguroso. Pregunta a los primos si ellos recuerdan lo mismo, qué recuerdan ellos. Toma notas de lo que cuenta la propia Nani, su madre, sus tías. Pero nos advierte: “Esta es mi versión de la vida de Nani”.
 
“Esta es mi Nani y yo soy su Karish.” Son las primeras palabras de Las visitas de Nani. 

La tercera persona y la primera persona aparecen de la mano. Y ese punto de vista durante todo el libro nos da al mismo tiempo una cercanía y una lejanía que, creo, es uno de los aciertos de cómo abordó Karishma la narración en este libro. 

El resultado es una combinación extraña, poderosa, algo hipnótica también, de la tradición oral y de la primera persona. 

El relato oral, transmitido de generación en generación se nos narra no como algo que contó una vez una tatarabuela a una bisabuela, sino como algo que le contaron a Karishma, y ella nos lo cuenta a los lectores, “tal y como fue”. La mitología se incorpora en la cotidianeidad también, se cuela en las páginas y cobra vida, no como leyendas y mitos, sino como algo que está ahí. Algo que forma parte de la vida que nos están contando. 


En la página 22 del libro, dice Karishma: “Mientras crecían, Nani les fue transmitiendo a sus hijos sus orígenes Sindhis a través de mantras, historias, música y, también, a través de su cocina.” Y eso es justo lo que nos regala Karishma a los lectores. Un relato de la cultura Sindhi a través de mantras, historias, música y cocina. 

Y nos contagia una morriña de un sitio que no conocemos. Consigue que, tras leerlo, tengamos morriña de Nani, que es una persona, pero también un sentido del lugar, unas raíces, unos aromas, una tradición que se puede llevar y materializar a partir de una maleta.

Al final del libro, Karishma se ha convertido en nuestra Nani. 


Raquel Martínez Uña


Nani es una historia de mujeres. Habla de las cocinas, de los sofás abarrotados de primos, de las tardes al sol en la piscina y el interior de una maleta, de espacios que tradicionalmente no se han considerado universales, dignos de la gran literatura, sino propios de la intimidad y lo anecdóticamente cotidiano, interesante solo para quien tuviera cerca esas circunstancias en particular. 

Y sin embargo, como decía Ellen, Las visitas de Nani logra hacerte partícipe de una vivencia del exilio y la añoranza que para mí es profundamente universal.

Yo me voy a centrar en el estilo visual de Las visitas de Nani, un libro para leer con lupa y no solo una vez.

El estilo de Karishma se acerca al de la miniatura, pero además, dentro de la miniatura, cada momento, cada detalle, ofrece infinitas lecturas. Por ejemplo, os invito a leer el libro mirando únicamente los árboles. O los vestidos, o fijándoos solo en los dioses que se pasean por las páginas, como si fuera el Mahabaratha, o leerlo incluso por colores: pasar las páginas y seguir el rojo con la vista. 

Cuando estábamos pensando conjuntamente en el libro, Ellen sugirió que, paralelamente a la historia de exilio de Nani, Karishma, como ilustradora de origen indio en el exilio, tal vez también había tenido que encontrar su “estilo” indio, su identidad visual india, pasando por todas las otras identidades con las que ha convivido a lo largo de su aventurera vida. Karishma cuenta que Nani fue muy flexible en la incorporación de las tradiciones culturales de Sind. Fueron su forma de mantenerse unida a sí misma en este viaje incansable que fue su vida, y de mantener unida a una familia dispersa en un mundo cambiante. Convocaba todas estas tradiciones con alegría y espíritu de celebración.

Por eso, la Nani que nos cuenta Karishma elige todos aquellos rituales que celebran la vida, que la amplían, más que aquellos que la limitan o coartan. Y llevando el paralelismo entre abuela y nieta al estilo visual, me atrevo a decir lo siguiente: igual que la Nani de Karishma escoge con mucha libertad las tradiciones, rituales y normas de su cultura para darles un nuevo sentido en su nueva realidad, Karishma toma con flexibilidad y alegría el estilo de las miniaturas indias, pero también la tradición persa, presente en Sind, la tradición de los adornos musulmanes, las exploraciones de los artistas naifs occidentales, la levedad de trazo de muchos cómics. Convoca todo aquello que le viene bien para narrar esta biografía, autobiografía, ¿existe familiografía? o incluso road movie con un estilo entre minuciosamente documental y también detallista y fantasioso.

Yo tenía que hablar de la vista, de las imágenes, pero inevitablemente las imágenes me llevan a hablar también del olfato. Este libro huele, no solo por la preciosa edición que le han hecho en Ekaré y los hilos de colores que parecen caramelos, sino por la paleta de colores que ha empleado Karishma y que me lleva a mercados en los que jamás he puesto un pie, a casas en las que entras y te recibe una nube de aromas entremezclados que se te archivan en esa parte reptiliana del cerebro bajo la etiqueta de “pero qué a gustito”, a rincones de la despensa donde se almacena la posibilidad de unas recetas milenarias. 


Quiero acabar leyendo un texto, que pertenece a varias de las recetas del libro. Ojo, que es muy breve e igual se nos escapa:


5 cardamomos verdes 
molidos con su vaina 
y pasados por un colador 

¿No se os acaba de llenar la nariz de cardamomo? 




Estos textos están también publicados en el blog de Ediciones Ekaré

martes, 15 de enero de 2019

Curso online abierto: Arte, Palabra y Lectura en la Primera Infancia

Tras el éxito de la primera convocatoria, del próximo 21 de enero al 5 de marzo tendrá lugar la segunda edición del MOOC (Curso masivo online abierto y gratuito) Arte, Palabra y Lectura en la Primera Infancia, lanzado por el Centro Regional de Innovación y Formación (CRIF) Las Acacias, de la Comunidad de Madrid y diseñado y coordinado por Inés Miret y Dolores Prades, del Laboratorio Emilia de Formación, en el que tengo el gusto de colaborar con el módulo: ¿En qué piensan los niños cuando leen? 

Aquí el vídeo de presentación del curso: 





Durante las seis semanas que dura el MOOC, las personas que participen en el curso disfrutarán del fantástico recorrido, diseñado y coordinado con dosis iguales de rigor y mimo por Laboratorio Emilia especialmente para la ocasión. Será una oportunidad para compartir preguntas clave en torno a la formación de los lectores más pequeños: en qué piensan los niños y las niñas cuando leen, el papel de los cuentos tradicionales en la educación emocional, cuáles son los mejores libros y por qué, cómo son las apps de literatura y arte más interesantes... 

Las profesoras especialistas que se encargarán de cada uno de los módulos que conforman el programa tienen todas experiencias y trayectorias muy diversas: la escritora de libros para niños, periodista, promotora de lectura y educadora Yolanda Reyes, la especialista en promoción de la lectura y literatura infantil Beatriz Sanjuán, la maestra, formadora y terapeuta Eva Martínez Pardo, la consultora especializada en lectura digital Elisa Yuste y yo (Ellen Duthie), especialista en Filosofía con niños y literatura infantil. 

El curso va dirigido a docentes, padres y madres, bibliotecarios, formadores, animadores socio-culturales, asociaciones vecinales, dinamizadores de proyectos locales, libreros y otros profesionales interesados en el arte y la lectura en la primera infancia. 

Mi módulo: ¿En qué piensan los niños cuando leen? constará de tres bloques: 

A. La lectura compartida. 
Invita a reflexionar sobre todo aquello que se comparte cuando se comparte una lectura, aparte de la lectura misma. Lo haremos mediante un experimento que nos hará bebés ante una primera lectura. 

B. Hablando de libros.
Invita a ser testigos de una serie de diálogos entre niños en torno a un mismo libro y a reflexionar a partir de esos diálogos. 

C. ¿En qué piensan los niños cuando leen?
Invita a reflexionar sobre la diferencia que a menudo existe entre la intención de los adultos (autores, maestras, familias) y la atención de los lectores infantiles. ¿Adonde miran? ¿Cómo reaccionan? ¿Es previsible cuando un lector concreto lee un libro concreto? 

Además, habrá una estantería, con recomendaciones de lecturas que dan para pensar, una propuesta de actividad (en mi caso, un ejercicio de lectura compartida y dialogada), y una breve bibliografía/webgrafía.

Con el módulo en conjunto, pretendo proporcionar oportunidades para reflexionar sobre la relación adulto-niño en torno a la lectura y en lo que puede surgir a partir de la lectura, con el foco puesto también en la pregunta para abrir exploraciones a partir de las lecturas, en lugar de en la respuesta, que a veces parece que busca cerrar toda exploración y darla por zanjada. 

Una de las reflexiones principales tiene que ver con nuestro propio papel como adultos en esta relación de lectura compartida que, en el módulo que imparto en el curso, se presenta como un papel de co-indagadores, co-exploradores y co-disfrutadores, a demás de co-lectores, claro. 

Creo que una implicación real por parte del adulto en la lectura compartida con niños tiene un efecto importante en la autopercepción de los niños como interlocutores válidos, interesantes y activos en la lectura, sí, pero en el mundo también. 

Tengo muchas ganas de compartir con todos los participantes reflexiones sobre la lectura compartida y todo lo que surge a partir de ella. Y también, lo confieso, tengo muchas ganas de participar como asistente al curso en los demás módulos de mis compañeras. 



lunes, 7 de enero de 2019

Querido John: Maurice Sendak escribe a John Burningham

El pasado 4 de enero falleció el gran autor e ilustrador inglés John Burningham.

Hay varias entradas sobre obras de John Burningham en este blog (por ejemplo aquí o aquí) pero hoy hemos querido traducir y compartir el prefacio de Maurice Sendak del libro autobiográfico John Burningham (Jonathan Cape, Londres. 2009). Aquí tampoco somos más que unos fans amorosos y siempre emocionados al leer sus libros. Allá va.
Querido John: 
Justo acabo de terminar de babear con tu nuevo libro y aquí me tienes al mismo tiempo maravillado y decididamente cabreado por no haberte coleccionado entero.
Tu trabajo, John, es impresionante, delicioso, seductor, delirante y misterioso y a menudo sencillamente loco. 

Imagino que serás consciente de que somos dos de esos chicos tan suertudos que se beneficiaron de la explosión gráfica que comenzó tras la Segunda Guerra Mundial y cuyas fabulosas imágenes poblaron las páginas de la revista Graphics. 
En los emocionantes inicios de la década de los sesenta, Borka y Donde viven los monstruos, publicados en 1963, fueron el resultado directo de esos días de álbumes diseñados con frescura, furia y velocidad. ¡Abajo con los libros ñoños y buenones del siglo XIX que privaban a los niños de su naturaleza animal, de su imaginación salvaje y de su sed de vivir!
El mundo de los libros para niños en inglés respondió enseguida a la nueva revolución gráfica. Los ingleses llevaban ya ventaja con su historial de artistas, empezando por George Cruikshank, Arthur Hughes, Tenniel y Dickie Doyle (por nombrar tan solo unos pocos). Vuestro mundo editorial nuevo y fresco despegó. A América le llevó mucho más tiempo arrancar. No teníamos edición de libros infantiles de ningún calado. Había cosas sueltas - ¿sabías que Winslow Homer ilustró Three Blind Mice*?-. 
Me aventuro a adivinar que, como yo, tú no tenías ni idea de que era un libro infantil propiamente dicho ni de cómo debía ser. Durante esos años cincuenta relajados, hice todo lo que pude para seguir la forma establecida del aspecto que debía tener un libro para niños. Copié, fusilé incluso, con frenesí, a los pocos ilustradores originales con los que me topaba. En mi afortunada ignorancia, me volví loco cruzando líneas en los sombreados para parecerme todo lo posible a Edward Ardizzone y George Cruikshank, y traté de aprender qué era un álbum de verdad fijándome en Randolph Caldecott y William Nicholson.  
Tuve que pasar por muchos libros de "haz esto; no hagas aquello", pero por fin -como debes de haber hecho tú- inventé mi propio concepto de lo que era un libro para niños.  
Los años cincuenta fueron una época penosa y al mismo tiempo fantástica: un momento perfecto para ser aprendiz. No había demasiado dinero que ganar, así que jugamos y ayudamos a crear un nuevo mundo de libros para niños: algo más cercano al propio universo de los niños; un mundo rico en diseño y con resultados espectaculares gracias a los avances en impresión y en procesos de color. Los sesenta fueran el inicio de mi nueva vida creativa y, me atrevo a decir, de la tuya. El mundo oprimido y encorsetado de los libros para niños del siglo 19 se desató y ya pudimos correr libremente.  
No soy más que un fan, John, un fan amoroso y siempre emocionado, que te echo en cara tan solo los ocho años que te saco. ¡Cómo nos hemos divertido! Con suerte, podremos hacerlo un tiempo más. ¡Qué extraño no encontrar la juventud hasta alcanzar la vejez! 
Maurice Sendak 
Connecticut. Otoño 2008. 


*NdT: Three Blind Mice es una famosa "nursery rhyme" o rima tradicional inglesa.

Del libro autobiográfico John Burningham. Jonathan Cape, Londres. 2009.

Ellen Duthie. Lo leemos así. 

miércoles, 11 de julio de 2018

Cantos al riesgo y al misterio: La obra para niños de William Steig


Cantos al Riesgo y al Misterio
La obra para niños de William Steig
Ellen DUTHIE

Arenas de San Pedro (Ávila). 2 de junio de 2018
XIV Encuentro de Animadores a la Lectura
Asociación Pizpirigaña

[Transcripción de la ponencia]



Roland, the Minstrel Pig
Muy buenos días. Muchísimas gracias Federico (Martín Nebrás) y a la Asociación Pizpirigaña por invitarme. Siempre es un placer dar conferencias aquí. Es una ocasión que disfruto mucho. Disfruto mucho dando estas conferencias, y sobre todo preparándolas. Una de las cosas que resulta más difícil de alguna manera en estas conferencias es el hecho de que no puedes apoyarte con imágenes y es complicado hablar de álbumes ilustrados sin imágenes que acompañarte. Pero la verdad es que el hecho de que todo el peso recaiga en las palabras es un reto bonito y lo cierto es que sospecho que te hace escribir mejores conferencias o al menos conferencias distintas*.

* En esta transcripción sí he incluido imágenes, pero el texto transcrito corresponde a la conferencia sin acompañamiento de imágenes. 

Hace tres años vine a hablar de las ventanas de Maurice Sendak, de lo que hay al otro lado; el año pasado hablé de Arnold Lobel y de sus preguntas desde el hogar. Y hoy vengo a hablar de William Steig, y de sus Cantos al Riesgo y al Misterio. Ahora contaré a qué me refiero con eso.

En fin, parece que estoy haciendo un repaso sistemático a una época y a un perfil determinado: todos hombres (si Federico me invita alguna otra vez, estaría bien hablar de una mujer), todos judíos, todos de familia emigrada de la vieja Europa a Estados Unidos, todos de una misma era de la creación de literatura infantil en Estados Unidos. Aunque William Steig les saque un par de décadas a Sendak y Lobel, (Steig nació en 1907; Sendak en 1928 y Lobel en 1933), Steig no empezó a crear obras para niños hasta ya cumplidos los 60 años. Es una historia peculiar. Entonces fue Steig el que llamó a Sendak para pedirle consejo.

“Oye, Maurice”, dice Sendak que le dijo Steig: ¿de verdad que uno se puede ganar la vida decentemente haciendo esto?”

Y el asunto es que, en esa época, sí era posible ganarse la vida decentemente haciendo eso, especialmente si eras Sendak, o Lobel o Steig. Pero incluso en general, aunque no lo fueras, se pagaba de otra manera.

De hecho, el hecho de que se pagase de otra manera tiene mucho que ver con las casualidades por las que Steig inició su carrera, no como ilustrador infantil, pero sí como ilustrador de viñetas, a la tierna edad de 23 años. Si calculamos desde el año de su nacimiento, 1907, hasta sus 23 años, vemos que nos situamos en 1929, 1930… Y la fecha nos suena a todos. La Gran Depresión.

El entorno familiar de Steig era un poco diferente al de Sendak y al de Lobel. Aunque fuera una familia de origen judío, era un hogar ateo. Y era también un hogar socialista, donde siempre hubo una consciencia de la lucha obrera. Su padre se ganaba la vida como pintor de brocha gorda; su madre como costurera, como la costurera de Irene la valiente, que vimos ayer (en referencia al día anterior de las Jornadas). Pero al mismo tiempo eran artistas. Artistas que exponían su obra cuando podían, en exposiciones colectivas e individuales, en ambos casos. Decía Steig que su padre era de los que pensaba que no se podía ser trabajador porque entonces eras un explotado, lo cual resultaba degradante, ni tampoco empresario porque entonces eras un explotador y eso resultaba más degradante aún. Como “solución” animaron a sus hijos a hacerse artistas. Su hermano Henry fue joyero. Su hermano Arthur fue artista, poeta, inventor y proveedor de material artístico desarrollado por él mismo. Su hermano Irwin escribió varios libros sobre póker y otros juegos de cartas. Digamos que mientras que al padre de Sendak le costó tomarse en serio el hecho de que su hijo quisiera ser artista, da la impresión de que los padres de Steig se hubieran escandalizado si hubiera anunciado que quería dedicarse a cualquier cosa que fuera remotamente “respetable”.

El jóven Steig
Ellos mismos optaron por vivir como bien podían de sus trabajos, hasta que con la llegada de la Gran Depresión, la cosa se puso peliaguda económicamente en el hogar de los Steig. Los dos hermanos mayores estaban casados y con familia y con sus propios problemas y responsabilidades y el hermano pequeño de Steig no era aún mayor de edad. Y le tocó a William hacerse cargo. Se le ocurrió hacer viñetas y tratar de venderlas. Y así fue que publicó su primera viñeta para The New Yorker, concebida e ilustrada por él mismo. Esto es curioso porque no venía siendo lo habitual hasta ese momento. Normalmente tenían a un equipo de escritores que pensaban en las ideas para las viñetas, con el pequeño pie de imagen y se las encargaban a los ilustradores. De alguna manera los ilustradores ejecutaban las ideas de los escritores. En el caso de Steig, hacía ambas cosas, y esto sentó las bases para un nuevo tipo de viñeta, en las que los ilustradores eran también autores. 


En su primera viñeta publicada, dos prisioneros en una celda hablan de sus hijos. “Mi hijo el pequeño no tiene remedio, no hay manera de enderezarlo" le dice uno al otro. La representación en sus viñetas de personas que no pertenecían a la clase media acomodada, como los lectores de la revista, era también una novedad y le sirvió para aportar una mirada mordaz a la sociedad americana del momento. Es curioso porque representando a los segmentos de la población más desfavorecidos lo que hacía realmente es hacer un comentario social sobre la clase media. 

El trabajo de Steig fue poco a poco convirtiéndose en el principal sustento de la familia. “Abandoné el nido, con mis padres a mis espaldas”, diría más tarde, en una expresión que nada más pronunciarla se vuelve ilustración en nuestras mentes. Para The New Yorker llegó a hacer más de 1.600 viñetas y más de 130 portadas durante su carrera. Trabajó para otras revistas pero The New Yorker fue la que realmente le dio de comer a él y a su familia durante bastante tiempo.

Y aunque, como dije antes, Steig no escribió e ilustró ningún libro para niños hasta ya cumplidos los sesenta, en las viñetas que hizo para The New Yorker sí representaba a niños a menudo. Tenía series enteras que se hicieron muy famosas protagonizadas por niños. Y su ojo para representar a los niños, a la relación entre adultos y niños, a la sensación de arbitrariedad con la que a veces se reciben las órdenes de los adultos cuando eres niño, a la crueldad mutua entre adultos y niños, a la relación de los niños con la realidad social y política, …. Decía que su ojo y su oído para dar con la frase exacta y representarlo en la situación exacta, con el gesto exacto… todo esto era extraordinario en Steig.

Aparte de sus viñetas, antes de crear libros infantiles, también publicó unos libros muy diferentes tanto a las viñetas como a sus libros para niños, que contenían lo que él llamaba sus dibujos simbólicos, trabajos en pluma y tinta que expresaban estados mentales, emociones, momentos psicológicos determinados. Son dibujos que combinan una frescura e inmediatez espontánea, además los hacía de un tirón, no había bocetos, o más bien los bocetos eran los originales, combinaba esa frescura e inmediatez espontánea decía con un oído y una perspicacia quirúrjica, que casi duele. Perspicacia sobre la relación entre padres e hijos, esposos y esposas y sobre la sociedad en general. Uno de ellos en concreto, The Agony in the Kindergarten (Duell Sloan and Pearce, 1950), que podríamos traducir como Martirio en la Guardería, y que tengo aquí por si alguno quiere verlo más tarde, es uno de los libros más impactantes que he leído. El libro abre con una cita de un poema del romántico inglés William Blake, que dice así. «El ángel que presidió mi nacimiento dijo: “Pequeña criatura hecha de alegría y júbilo, corre y ama sin la ayuda de nadie en la Tierra”». Entonces, partiendo de este cita que abre el libro, Steig pasa a desnudarnos despiadadamente para mostrarnos las más crudas inseguridades de la infancia y de la vida adulta.

El libro abre con un rostro enorme de una madre furiosa con el ceño fruncido y expresión de esfuerzo por el gran grito que está soltando: Willie! A Willie lo vemos al fondo de la caverna de su boca.


En la siguiente página vemos a un niñito pequeño por edad y porque Steig lo representa reducido en términos de la pequeña proporción que ocupa de la página blanca. “¿Tú qué eres, un niño bueno o un niño malo?” dice el texto.  


En otra página, la voz en off que preside el libro completo (el padre, la madre, los adultos en general) dice “Al principio es un poco tímido.”


Y sigue, página tras página con dibujos que completan el impacto de unas frases que ya de por sí son impactantes.

“No importa lo que le dés, nunca va a estar satisfecha.”



“Eres igualito que tu padre.”
También depende como lo leas, claro: “Eres igualito que tu padre”.


“Bórrate esa sonrisa de la cara.”

“No te ensucies.”

“Lo hace para llamar la atención.”

“¡Cállate la boca!”

”¿Qué te parecería si yo te tirara por la ventana a ti?”

“Mi marido le da todo lo que quiere.”

”Mantenlo bien alejado del bebé.”

“No soporta ensuciarse.”

“Mira qué mona es.”

“El médico te trajo en una maletita.”

“Mamá sabe lo que te conviene, cariño.”

“Dale las gracias a la señora.”

“Qué niña tan buena.”

”Los hombrecitos no lloran.”

“En esta familia no se juega con ese tipo de niño.”

“Dios te vigila.”

“SILENCIO”

“Espérame afuera”

“¿Qué es lo que estás haciendo ahí adentro?”


“Deja de hacer tantas preguntas.

“Esta niña me vuelve loca.”

“Uy, y eso que no oíste lo que dijo ayer.”

“¡SILENCIO!”

”¿Ves lo que pasa cuando no escuchas a Mamá?”

“Mira, mira, mira qué pelota roja tan bonita. ¡Pero mira!”



“Todos los niños se meten con él, no sé por qué.

“¿Estás segura de que quieres que hacer pis?”

“¿Estás segura de que no quieres hacer pis?”


“Nos estás poniendo muy tristes a mamá y a papá.”

“Con nuestro niño nadie se va a meter nunca.”


“Vete a jugar y no me molestes.”

“No es muy L-I-S-T-O.”


“Ella nunca me da ningún problema.”

“Es un bebé tan bueno: lo dejo con un juguete y no me molesta en todo el día.”

“Siempre hace lo que le digo.”

“¡Arriba ese niño valiente!”


“No, eso son imaginaciones tuyas, cariño.”

“¿Pero y a ti quién te ha preguntado?”

“Tres días de parto estuve con éste.”

“¿Por qué tienes que tocarlo todo?”

“Espera que llegue a casa tu padre.”

“Yo no sé de dónde saca esas cosas.”

“No pasa nada, no entiende nada de lo que estamos diciendo.”

“¡Mira lo que has hecho!”

“Ay, cuidado, cariño, que te vas a hacer daño.”

Y muchas más combinaciones estremecedoras de frases y dibujos.

Y acaba con “Honra a tu padre y a tu madre.” 


Como veis no se trata de un libro light, tampoco particularmente bonito ni exactamente optimista.

Es un libro donde el reconocimiento de uno mismo y de los demás te hace retorcerte en la silla.

Y es un libro muy, muy diferente de sus libros para niños en muchos sentidos pero que he querido traer y mencionar, para señalar que aunque Steig no ilustrara para niños hasta cumplidos los 60, tampoco es que no los estuviera mirando, observando, teniendo en cuenta durante toda su carrera.

Lejos de eso, a menudo, tanto en sus viñetas como en estos otros libros, fueron el centro de su atención. Sí había esa observación, la misma que hacía Sendak desde su ventana. “Creo que me gustan más los niños que a la mayoría de los adultos.”, dijo Steig en una ocasión. “Me relajo con ellos, más de lo que soy capaz de relajarme con adultos.”

A Steig le interesaban los niños, lo que hacían, lo que decían, cómo reaccionaban y cómo lidiaban con lo que se les iba presentado en sus vidas, en el mundo.

He traído una selección bastante amplia de libros de Steig que podéis venir a mirar luego o esta tarde cuando queráis, tanto de infantil como de esta otra faceta suya.

Pero en esta conferencia quiero centrarme en la obra para niños de William Steig, que es la que nos interesa especialmente aquí.

Cuando le comuniqué a Federico el título de esta conferencia, Cantos al riesgo y al misterio me preguntó extrañado y con razón si William Steig había escrito también poesía.

Y no, no escribió poesía, pero sí muchos cantos, en el sentido de celebraciones. Cantos al riesgo, al misterio, a la belleza de ese vértigo de sentirse inmensamente pequeño en un universo sin medida, de sentirse solos a merced del mundo, a merced de las tormentas, de los rayos y de los inesperados quebrantos de las leyes de la naturaleza. Pero al mismo tiempo sentirse dueños de uno mismo, salir de los aprietos por propio pie y poder volver siempre al calor del amor familiar, o, en algún caso, encontrar otro gran amor.

A mí una de las cosas que me parece especialmente interesante de la obra de Steig tiene que ver con la actitud vital que logra desprender de lo que a menudo es realmente una angustia existencial. En Steig esa angustia se vuelve a menudo catalizadora de éxtasis; en lugar de causa de desesperación.

Es como si el premio por ese riesgo que se toma, y por la angustia que se pasa, y por ese enfrentarse a la mortalidad, como si el premio por arriesgarnos fuera ese éxtasis que viene de conseguir ver el misterio de la vida y del mundo con asombro en lugar de con temor.

El perro aventurero y samaritano de la novela Dominico, que se publicó en su día en Austral y saldrá el año que viene en Blackie Books, deja un cartel en su puerta antes de emprender su viaje:

Queridos amigos:
Me marcho a toda prisa para ver más mundo. No tengo tiempo de despedirme de vosotros por separado, así que os abrazo a todos y os husmeo con amor. No sé cuándo volveré. Pero volveré.

Cerró la puerta, enterró la llave y se fue de casa en busca de su fortuna, es decir, en busca de lo que fuera que le iba a pasar ahí afuera en el mundo desconocido.

Dominico no va a ninguna parte. Simplemente, y cito, “va a donde llegue para encontrar lo que encuentre”.

Esto podría ser una síntesis aproximada de lo que pasa en varios de los libros de Steig. “Hola, me voy. No sé muy bien a qué, pero me apetece, siento el impulso”. Ahí sus personajes comparten patrón con la perrita jennie de DÍDOLA PÍDOLA PON de Sendak pero más que la insatisfacción permanente, como a Jennie, a los personajes de Steig les mueve una inquietud curiosa, unas ganas de vivir, unas ganas de independizarse aunque no necesariamente de cortar ningún lazo drástica o definitivamente. Viven por lo general vidas satisfactorias, con amor y amistad, pero… hay que ver mundo, hay que vivir, hay que probar o probarse.

¿No es bonita esa idea de que el destino hay que ir a buscarlo, por muy escrito que esté? Sales a buscarlo porque al destino no se le espera en casa, no viene a buscarte.

Los motivos por los que cada uno de los personajes de Steig emprenden ese viaje de búsqueda y transformación, son muy variados.

En el primer libro para niños de Steig, Roland the Minstrel pig, (Rolando, el cerdo trovador), de 1968, todo esto ya estaba esto presente. Es un poco menos redondo quizás, especialmente el final, que la mayoría de los álbumes posteriores, pero es el primero de una serie de variaciones sobre un tema. Rolando

tocaba el laúd y cantaba con tal dulzura que sus amigos nunca se cansaban de escucharlo. Era un músico nato, desde las pezuñas hasta el hocico.
Se daba además el caso de que tenía el mejor de los repertorios de chistes y acertijos y era capaz de mantenerse en equilibrio sobre sus dos patas delanteras.
Ahí donde había una fiesta, Rolando era el primer invitado, Siempre lograba sorprender y maravillar a sus amigos con nuevas canciones. Algunas las aprendía de otros y otras, las componía el mismo, tanto la letra como la melodía.
Un día Rolando estaba tomando el té con dos queridos amigos, Brian, un burro y Wesley, una oca.
Qué pena, dijo Wesley, que tus espléndidas canciones solo las puedan oír los pocos que te conocemos. En mi opinión, deberías estar viajando por todo el mundo para que todo el mundo pueda oírte y maravillarse con tu voz.
Sí, Brian el burro estaba de acuerdo, Podrías hacerte rico y famoso. Y quién, si me permites la pregunta, ¿se lo merece más que tú?
Y, claro, con esos ánimos, Rolando se marcha. Y no tarda en encontrarse a un zorro, que le oye cantar y se le acerca para sugerirle que tan bella voz debe oírla el mismo Rey, y que él se ofrece amablemente a acompañarle. Pero, previsiblemente, las intenciones del zorro son más carnívoras que benévolas y por el camino, intenta aplastar a Rolando con una enorme roca, echarle encima un nido de avispas, ahorcarle con una cuerda de laúd mientras duerme, y asarle vivo. Pero todo acaba bien, el rey pasa por ahí y le salva la vida. Cuando le oye cantar, exclama: ¡Eres supremo! Y hay calabozo de por vida para el zorro y una Medalla Suprema de Excelencia para Rolando.

En Zeke Pippin, de 1994, otro cerdo se encuentra una armónica. Bueno, no se la encuentra exactamente. La armónica se cae de un carro de la basura que pasaba por ahí. Un trozo de basura que cambiaría su vida. Zeke coge la armónica y tras mucho practicar, decide dar el primer concierto para su familia. Pero tan pronto como empieza a tocar, la familia se queda profundamente dormida. Esta mala educación -su padre no solo dormía, ¡roncaba incluso!- le sentó como una patada. “¿De verdad que esta panda es mi familia, los que aseguran que me quieren? Y se pregunta: ¿Cómo puedo seguir viviendo bajo el mismo techo que estos papanatas?”

Y se construye una balsa y se marcha una madrugada aún de noche. Por el camino va encontrando a otros personajes y no tarda en darse cuenta de que cuando toca la armónica el efecto es el mismo para todos: narcolepsia inmediata e irremediable. Cuando llega una banda de perros falsamente amables, los acompaña inocente a una trampa mortal. Al pobre Zeke estos perros se lo quieren zampar. A punto de enfrentar su propia muerte, Zeke consigue que le acerquen la armónica a sus labios para tocar una última canción y, claro, se quedan fritos. Así se salva y vuelve a casa, donde le reciben con todos los honores.

En Irene la valiente, ya vimos ayer (referencia al día anterior de las Jornadas) en la sesión de crítica, que la salida del hogar y el viaje de ida y vuelta es por ayudar a su madre costurera, que debe hacer llegar un vestido de baile a la duquesa pero está demasiado enferma para salir. Irene deberá luchar contra las inclemencias climáticas, hasta el punto de que llega, y llegamos los lectores, a temer por su vida.

“Aunque pudiera pedir ayuda, nadie la oiría. Tiritaba de pies a cabeza. Le castañeteaban los dientes. ¿Por qué no morir congelada y terminar con tanto sufrimiento? ¿Por qué no? Ya estaba casi enterrada. ¿y no volver a ver nunca el rostro de mama? ¿De su querida mamá, que olía a pan recién horneado? En un arranque de furia, dio un salto que la dejó libre, y pudo al fin ponerse de rodillas y mirar a su alrededor.”

Y lo consiguió. Y disfrutó de la fiesta en casa de la duquesa y del reconocimiento como heroína de su propia historia.

A veces no es por decisión propia que se emprende el viaje. Hace falta que alguien te de una patadita.

Shrek! (1991; edición en español: Libros del Zorro Rojo, 2012) empieza así.
“Su madre era fea y su padre era feo, pero Shrek era más feo que los dos juntos. Nada más dar sus primeros pasos, ya era capaz de escupir llamas a noventa y un metros de distancia y de echar humo por las orejas. Y si alguna serpiente era lo bastante tonta como para morderle, moría al instante entre horribles convulsiones. Un día, los padres de Shrek se hartaron y decidieron que ya era hora de que su hijito saliera al mundo para hacer todo el daño que pudiera. Entonces, le dieron una patada de despedida y Shrek dejó el negro agujero donde se había criado.”

Poco después de partir, Shrek se encuentra con una bruja que le lee el futuro: se casará con una princesa. Encantado con las perspectivas, Shrek sale en busca de la princesa. Por el camino lucha contra un enorme dragón, contra un valiente caballero, tiene pesadillas sobre niñitos felices

Se había quedado dormido por el camino. Soñó que estaba en un campo lleno de flores donde los pájaros trinaban y los niños retozaban. Algunos lo abrazaban y le daban besos, y no había nada que pudiera pararles. Se despertó aturdido, balbuceando aterrado: “Sólo ha sido un mal sueño… un horrible sueño…”.

Y prosigue su viaje.  Conoce a un burro que no para de hablar, se pierde en un salón de espejos repleto de horripilantes Shreks. A Shrek no parece importarle demasiado el hecho de que su fealdad asuste a todo el que se encuentra. De hecho, ¡le encanta ser así de repugnante! Cuando finalmente Shrek conoce a su impresionantemente fea princesa, es amor a primera vista:

Siguió andando a grandes zancadas y sus gruesos labios se abrieron en una sonrisa. Ante él se hallaba la princesa más maravillosamente fea de todo el planeta.

Pastel de manzana, suspiró Shrek.
Cara de rana, suspiró la princesa.

Shrek dijo:

Tus callosas verrugas, tus sonrosados granos, tus viscosas ciénagas y pestilentes pantanos, me estremecen,

La princesa dijo:
Tu nariz de patata, tu puntiaguda cabeza y tus horribles ojos que miran con fiereza me enternecen.
Shrek dijo:
Oh, tú, horrible visión,
Tus labios azules, tu cabello chillón
Me enloquecen.
Podría seguir, pero sé que tú sabes
De mi amor la razón:
¡Eres tan fea, corazón!

La princesa dijo:
Tu nariz es tan peluda,
Ven rápido, sin demora,
Tu mirada es tan oscura…
Celebremos esta boda.

Shrek le mordió la nariz. Ella le pellizcó la oreja. A fuerza de zarpazos, acabaron fundidos en un abrazo. Como el fuego y el humo, se pertenecían el uno al otro.
Entonces se casaron tan pronto como fue posible.
Y vivieron horriblemente felices para siempre, asustando a cualquiera que se cruzara en su camino.

Ya establecido el patrón de esos viajes en busca de aventura y sentido de la vida, se puede juguetear con el patrón.

El burro Silvestre de Silvestre y la Piedrecita Mágica, uno de mis preferidos de Steig, que publicará en otoño Blackie Books, el burro Silvestre decía, también falta de casa. Pero en su caso no se va de casa, sino que más bien no logra volver. Tras encontrar una piedrecita mágica, Silvestre se dirige hacia su casa emocionado para enseñarle su maravilloso hallazgo a sus padres, cuando es interceptado por un hambriento león. Está de suerte porque tiene su piedrecita mágica para escapar, pero con los nervios no se le ocurre otra cosa que desear convertirse en roca. Y así pasa casi todo el cuento: en estado de roca y sin que sepamos, ni nosotros los lectores ni él mismo, si alguna vez podrá volver a ser un burro y si no pasará toda la eternidad en estado de roca. Todo acaba bien, pero hay sufrimiento, el tiempo transcurre lento y hay mucho tiempo para pensar en el misterio de la vida, para Silvestre y para el lector. ¿Seríamos capaz de encontrarle el sentido a la vida siendo roca? Difícil encontrar ese éxtasis que mencionaba al principio atrapados en un estado de roca. El éxtasis llega al final, cuando el calor del tacto de sus padres sobre la roca lo despierta de su letargo y lo devuelve a su estado de burro original.

“Pueden imaginarse lo que ocurrió después: los abrazos, los besos, las preguntas, las explicaciones, las miradas tiernas y amorosas, las lágrimas y las exclamaciones de afecto.”

Puede sonar cursi, pero el amor puede aportar mucho sentido, a la vida, al mundo, a quien somos.


En Solomon, the Rusty Nail, (Salomón, el clavo oxidado), el caso es parecido. Es la historia de un conejo con el intrigantemente inútil poder de convertirse en clavo oxidado y luego de nuevo en conejo cuando le viene en gana. Lo que comienza como un truco gracioso para confundir a amigos y familiares, logra salvarle de las garras de un gato con el que se topa en uno de sus paseos por el campo para cazar mariposas. Apareció el gato y Salomón inmediatamente se convierte en clavo. Pero se confía y vuelve a su estado de conejo demasiado pronto. Cuando el gato se da cuenta de que el clavo es en realidad un jugoso conejito, se lo lleva y lo mete en una jaula a esperar pacientemente a que vuelva a convertirse en conejo. Y se pone peliagudo el asunto. Pero no tanto como cuando el cazador estalla de ira porque Salomón se niega a convertirse en su cena, y con un martillo clava a Salomón en estado de clavo en la pared, donde se queda atrapado durante una eternidad, hasta que hay un incendio en la casa y todo se quema y Salomón se libera de su forma de clavo y corre a su familia que ya ha abandonado toda esperanza de encontrarle con vida.

“Su desconsolada familia había encontrado su red y su caja con las mariposas que había atrapado, y estaban seguros de que había perecido a manos de algún cruel carnívoro. Por eso, cuando Salomón entró corriendo por la puerta vivito y coleando, casi les da un pasmo. Después de los gritos y los brincos, hubo un sinfín besos y abrazos.”





Y luego tenemos Caleb y Kate, que empieza así:

“Caleb el carpintero y Kate la tejedora se querían mucho, pero no siempre en cada instante. De vez en cuando, no se ponían de acuerdo sobre esto o aquello y acababan teniendo una pelea tan feroz que de verlos, nadie hubiera creído que eran marido y mujer. Durante una de esas peleas desquiciadas, Caleb se enfadó tanto que salió de la casa dando un portazo y odiando a su mujer de la cabeza a los pies; y ella, por su parte, le gritó desde el quicio de la puerta los más espantosos insultos que le venían a la boca.”

Caleb se duerme en el bosque y cuando despierta se percata alarmado de que se ha convertido en perro. Va a casa, pero es incapaz de comunicarle a su mujer quién es en realidad. Aquí tenemos otra separación, entonces, parecida a la de Silvestre y Salomón, por lo que tienen de transformación, aunque con la diferencia de que al menos Caleb se convierte en un perro que es un ser vivo que puede ingeniárselas para que lo adopte su mujer, creyendo que es un perro callejero. Aunque la verdad, no sé qué es peor. También sale bien al final, cuando unos ladrones entran en la casa y Caleb se comporta como un verdadero perro guardián. En ese preciso instante ¡TING! se transforma de nuevo en hombre y se da la característica reunión final de Steig.


En Gorky Rises (Gorky Sube), la forma de irse de viaje es otra). Os leo el inicio:

“Nada más irse sus padres después de darle un beso de despedida, Gorky montó su laboratorio en la pila de la cocina y se puso manos a la obra. Tomó un vaso limpio, echó un chorrito de agua, y añadió primero un poquito de esto y luego otro poquito de aquello: una cucharadita de sopa de pollo, otra de té otra de vinagre, un pellizco de café molido, una sacudida de polvos de talco, dos sacudidas de pimentón, un poquito de canela y unas gotitas de olmo escocés. Removió con vigor y alzó la amalgama a la luz para verla bien. Demasiado turbia.

Con mucho cuidado, añadió un poco de coñac de su padre. Mejor. Pero seguía faltando algo. ¿Qué? ¡Ah, claro! Esencia de rosas. Gorky se ausentó un momento de su laboratorio para ir a por el mejor perfume de su madre. Quiso meter tan solo unas gotitas, pero extasiado por el aroma de las rosas, se le fue la mano y echó todo lo que había: media botella.”

Se lleva la botellita a un prado, dispuesto a descubrir cómo desatar la magia que estaba seguro que contenía la pócima que había preparado. Antes, se echa sobre la hierba un rato a descansar. Entonces

“una pequeña serpiente brillante, llegó deslizándose por la hierba, pasó por encima de la barriga de Gorky, dio tres vueltas a la botella y salió reptando. Gorky sintió la cabeza más ligera que de costumbre. Vio las nubes de arriba como ropa blanca tendida a secar y entonces se durmió. El ancho cielo abierto que lo rodeaba brillaba por la luz del sol, pero el cielo en su interior resplandecía por la luz de las estrellas.

Fuera lo que fuera lo que le mantenía sujeto a la tierra, soltó marras y el cuerpo somnoliento de Gorky se alzó en el aire, como una pompa que va subiendo en el agua, y empezó a volar en dirección este.

Y vuela y vuela y sobrevuela, saludando a todo el que se cruza y faltando de casa, claro, e imaginándose cómo le va a contar el asunto a sus padres, que incluso él que lo está viviendo reconoce que será algo difícil de creer. Y mientras, sus padres, como en tantos de estos cuentos, preocupadísimos. 


En muchos de sus libros, William Steig acerca a los niños a una fantasía equivalente a la que tenemos los adultos de acudir a nuestro propio entierro y presenciar lo mucho que nos echa todo el mundo de menos.
En Silvestre y la piedrecita mágica,
“el señor y la señora Duncan iban de un lado a otro de la habitación, impacientes y preocupados. Silvestre nunca había llegado después de la hora de cenar. ¿Dónde podría estar? No consiguieron dormir en toda la noche, pensando qué le habría podido ocurrir… “
Y la señora Duncan añade:
“Nunca más regañaré a Silvestre, no importa lo que haga, dijo la señora Duncan.”

En Gorky sube, se nos dice que
"Los padres de Gorky habían estado toda la noche fuera buscando a su hijo. Habían llegado a un punto de preocupación tal, que estaban pensando en poner fin a sus vidas para acabar con su terrible tristeza."
En Solomon y el clavo oxidado, Solomon piensa
"Cómo deben de estar sufriendo sus pobres padres, sin saber qué era de él. ¡Qué tristes debían de estar sin su querido hijo!"
En Zeke Pippin, el cerdo protagonista tiene un sueño.
"Estaban su pobre madre y padre, y su pobre hermano y hermana, todos llorando desconsoladamente, derramando lágrimas sobre su ropa y sobre la alfombra, preguntándose cómo iban a poder seguir viviendo sin su queridísimo Ezequiel. "Si no veo a mi angelito pronto", lloraba su madre, "¡me pegaré un tiro!".
Qué fantasía tan reconfortante pensar en cuánto te echarían de menos si desaparecieras.

Y si al final, la reunión es tan explosiva como las que pinta Steig, resulta casi como una confirmación de que la fantasía tenía también un componente de realidad.  

Y todos estos viajes, de ida y vuelta o simplemente de camino a casa, no dejan al lector fuera de la angustia. Cuando lees a Steig sientes la angustia con el personaje, reaccionas a esa angustia con el personaje y no puedes evitar hacerte preguntas, participar del asombro y de la perplejidad.

Se nos presentan situaciones complejas, donde las elecciones no son siempre fáciles, donde los dilemas son genuinos, donde a veces uno no sabe qué hacer.

Voy a ir acabando con una lectura, de Doctor de Soto, el otro de los dos libros, junto a Irene la Valiente, con los que Blackie ha abierto su colección en este año 2018.

LECTURA DE DOCTOR DE SOTO

Sin pretender hacer a nadie pensar sobre nada, sino simplemente contando un buen cuento, bien construido, con personajes con motivaciones irreconciliables y muy reales, nos dispara preguntas y dilemas durante su lectura. Una de las preguntas más habituales que hacen las personas -niños y adultos- a las que les he leído este cuento tiene que ver con la decisión de los ratones dentistas de tratar al zorro. ¿Ayudar a un zorro cuando eres un ratón es un acto de bondad o de imprudencia? ¿Si pueden ayudar al zorro, tienen el deber de hacerlo? ¿O estaría bien que se negaran a ayudar al zorro para proteger sus propias vidas? Al principio el zorro tan dolorido nos da pena y sentimos que los ratones hacen bien en querer ayudarle. Pero enseguida, cuando le empieza a temblar la mandíbula al zorro, dudamos. ¡Qué tontos han sido! Es interesante que Steig no pinta al zorro como un ser particularmente malvado, sino como un zorro que simplemente no se puede aguantar. Como lectores vamos alternando entre sentir pena por el zorro y miedo por los ratones y por el camino nos hacemos muchas preguntas y pensamos muchas cosas al respecto.

En este sentido, Steig juega a la perfección con la tensión -¡ay, que se los come!- con la complejidad de todos los personajes (ninguno es del todo bueno ni del todo malo) y con la dificultad que con frecuencia tenemos para trazar la línea entre el bien y el mal o saber dónde nos situaríamos en cada caso. Nos pone en un aprieto porque nos ofrece un panorama ricamente complejo al que reaccionar. 
Hay un conflicto muy interesante que nace de la colisión entre dos normas que solemos creer que hay que seguir: ayudar al prójimo y proteger nuestra vida.

La ratoncita dice “habrá que arriesgarse”. Ante el dilema ético lo ve claro: ayudar al prójimo prevalece. Pero ¿y nosotros? ¿lo vemos tan claro?

Y así consigue Steig que nuestra reacción literaria tenga también un componente reflexivo e inquisitivo.

Acabo con una cita de Dominico, ese perrito de la maravillosa novela de Steig que lo miraba todo “con ardiente atención”. ¿No es poderosa la expresión?

“Se durmió bajo las centelleantes estrellas, y justo cuando se estaba quedando dormido, pasando a la fase de los sueños, sintió que comprendía el secreto de la vida. Pero a la luz de la madrugada, cuando despertó, su entendimiento del secreto se había esfumado con las estrellas El misterio seguía ahí, inspirando su sensación de asombro.”

Porque Dominico dice que va a ver mundo, pero en realidad, y aquí está la clave, lo que va a hacer es “mirar el mundo”, que es muy diferente.

Lo interesante de autores como Steig, y como Lobel también, es que cuando los leemos, las preguntas que nos planteamos no nos las plantean ellos: nos las planteamos nosotros mismos. No “recibimos” las preguntas, sino que las formulamos a partir de nuestras propias inquietudes, observaciones e interpretaciones, y de nuestro acompañamiento de los personajes en esos cantos al riesgo y al misterio, que nos llevan al asombro.

Muchas gracias. 
Ellen Duthie. 2 de junio, 2018. Arenas de San Pedro. 

Bibliografía secundaria: 
Claudia J. Nahson (ed.) The Art of William Steig (Yale University Press, 2007)
Lee Lorenz, The World of William Steig (Artisan, 1998)

Jeanne Steig, Cats, Dogs, Men, Women, Ninnies & Clowns: The Lost Art of William Steig (Harry n Abrams, 2011)

Iain Topliss, The Comic Worlds of Peter Arno, William Steig, Charles Addams, and Saul Steinberg (The Johns Hopkins University Press, 2007)